Antropología de la santidad: una meditación psicológica

Raúl Cerda: Psicólogo y Maestro en Educación. Investigador en ética y psicología. Escritor y editor.

En días recientes me di a la tarea de leer y consultar sobre la vida de algunos santos que admiro: Teresa de Ávila, Teresa de Liseaux, Josemaría Escrivá, Padre Pío, Don Bosco, José, Agustín y Pablo.

A través de la observación filológica, sociológica y finalmente psicológica, encontré en estos modelos de vida cristiana, ciertos puntos que llamaron mi interés. Me dan oportunidad de hacer algunas consideraciones. Me serviré además de la psicología, del estudio de la Gracia, pues sin ésta no se puede entender la santidad. Debo tener cuidado de generalizar, toda vez que el ser humano es específico y singular,  no obstante, en pro del método antropológico he de localizar ciertos rasgos universales que justifiquen -desde el plano humano ̶  la llamada universal a la santidad.

Primeramente parece que todos los santos han estado expuestos a una o varias personas que les heredaron la espiritualidad mediante testimonio y medios afectivos. Respondieron así con gran vigor al don. Observo que las diferencias en la formación temprana, no parecen alejar o acercar a la santidad, pero le dan cierto matiz. Tómese a ejemplo de lo que digo el contraste entre San Pablo y Santa Teresa del Niño Jesús. El uno creció en medio de la violencia y la intolerancia, convirtiéndose ya maduro; la otra en medio de cuidados amorosos se convirtió desde la infancia. Ambos son maestros de espiritualidad.

Una de las cuestiones que saltaron a mi vista fue que la mayoría de estas personalidades habían nacido en familias que conservaban el tesoro de la Fe, o se tuvieron que insertar de manera tardía en una comunidad de creyentes. Antropológicamente hablando, parece que ninguna vocación carece de fundación comunitaria.

En mi opinión la comunidad de creyentes es un rasgo fundamental de la vida en santidad. Se puede argumentar que algunos santos fueron solitarios, ascetas alejados del mundo, pero aún aquí se encuentra el rasgo mencionado. Aún en el auge del eremitismo y el monacado -vidas de claustro y penitencia- en aras de crecer, los santos finalmente se vieron impulsados a vivir en medio de una vibrante comunidad espiritual. Se pueden consultar al respecto las vidas de algunos Padres de la Iglesia que así lo confirman.

Otra característica resaltante es la resiliencia. Este rasgo de personalidad se define como la capacidad de crecerse ante la adversidad, de salir fortalecidos de las tribulaciones. José, Agustín y Pablo, así como Teresa de Ávila se distinguieron por soportar grandes penalidades y persecuciones en aras de defender la verdad y la Fe, aún a coste de cualquier cosa: de la propia consciencia e inteligencia, del prestigio, de la paz y la comodidad, o de la confrontación con los poderes temporales que los amenazaron. Apostaron el total de su vida.

Más profundamente se ve que todos los santos dudaron, tuvieron miedo, fueron presas de tiempos oscuros, de sus propias debilidades. Como Pedro, incluso se vieron tentados a negar su Fe en medio del rechazo y la persecución.

 Ninguno santo estudiado por mí, se libró de los problemas psicológicos que origina una gran presión: neurosis, pasión, ira, frustración, tristeza; pero el rasgo resiliente, fruto de la Fe, fue definitorio. La tribulación tuvo el efecto inverso, fue sanadora y motivadora. No es aventurado decir que la Fe y la Gracia, modifican de manera radical los procesos psicológicos y los pone bajo el dominio del espíritu.

Analicemos: José dudó pero fue noble, Pablo sin duda había sido cruel y luego amoroso y entregado; Agustín, siendo necio y apasionado, desarrollo una mente abierta y un autodominio monumental. Teresa de Ávila de carácter áspero y beligerante, pudo motivar con su amor a innumerables personas; Teresa de Liseaux fue tímida, insegura e inquieta, pero al amparo de la Gracia expresó con tal belleza la doctrina que se le elevó a Doctora de la Iglesia. Josemaría Escrivá tuvo un fuerte temperamento y al mismo tiempo una gran dulzura. Don Bosco siendo obstinado, podía obedecer hasta el extremo. El Padre Pío fue a veces desobediente y temeroso, venciendo sus temores aceptó su misión. Esto según los testimonios de quienes los conocieron, consignados en sus biografías y otras fuentes.

Existe en la psicología de los santos un punto de inflexión. Si se acepta el pathos como definitorio de la psicología humana, se debe aceptar también que la respuesta a esta condición no es la misma en estas extraordinarias personas. Los santos respondieron de manera distinta: fueron alquimistas que convirtieron el plomo en oro. Su personalidad y los problemas se convirtieron en plataforma para la Gracia.  

Surgen las siguientes preguntas ¿Cómo se logra a esto?, ¿Pueden la psicología humana y la cultura ser capaces de obstaculizar o facilitar la santidad? ¿Cuál fue la clave para transformar la debilidad en fortaleza? En este punto comienzan a haber razones de peso para pensar que la antropología de los santos necesita de una psicología de la Gracia.

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